Muy buenas,
"Eres un hombre a medio hacer", me dijo tras escuchar la historia resumida de mi infancia. Historia sobre mi, contada por mi. Contaba entonces con 35 años. Se supone que a esa edad uno ya debe ser un hombre hecho y derecho, con las herramientas necesarias para andar por la vida sin grandes sobresaltos y poder intervenir en cuantas tareas seamos requeridos. Eso se espera de nosotros.
Darle importancia o credibilidad a una frase así depende mucho de quien te la diga. Solemos dar como cierto aquello que nos interesa o nos cuadra en determinado momento, y que nos lo digan incluso es agradable, nos sentimos reconfortados. Si por el contrario es algo que no consideramos que se ajuste a nuestro perfil, seguramente pensemos que es solo una opinión. Sin fundamento, además, añadiremos.
Cuando Luigi Pirandello en "Uno, ninguno y cien mil" cayó en la cuenta de que su nariz no era como creía, en contra de lo que había pensado toda su vida y tras que alguien por azar le dijera cuan equivocado estaba, su mundo se puso patas arriba. Si todo el mundo -desde siempre- daba por hecho que el aspecto de su nariz era uno completamente diferente al que él mismo tenía de ella, qué pasaba con el resto de las cosas (mucho más importantes) como su personalidad, su forma de tratar a los demás, etc... Hay dos caminos: reafirmarte en tu nariz, que para eso es tuya, o abrir el abanico de posibilidades e intentar entender por qué te llamaban aguileño en el colegio.
¿Hasta qué punto es "verdad" lo que otros ven en nosotros? Si uno intenta hacer las cosas bien y el resto cree que es un desastre, ¿Cómo acercarnos a lo que realmente es? Dando por bueno a Sócrates y su "el que hace mal es porque no sabe", nadie en el mundo es malo. Entonces, ¿por qué preocuparnos por intentar ser empáticos?, ¿por qué pensar en las consecuencias de nuestros actos en los demás? y, sobre todo, ¿por qué nos sentimos mal después de pronunciar unas desagradables palabras?
Hay que ser muy osado o muy ingenuo para no preocuparse por las cosas. No digamos ya por el efecto de nuestras acciones en los demás. Trasladar pensamientos tan filosóficos al amor es aún más difícil. Rara vez alguien dice que su pareja, o sus hijos, son feos. Si preguntaran a los demás, como nuestro querido Luigi, oirían algo que no les gustaría.
35 años y me queda la mitad de hombre por construir, allá vamos.
Como dice Harari en "Sapiens", hoy en día si no viajas no eres nadie. Habría que añadir que si no lo publicas en una red social con la mejor de tus sonrisas (parece que ellas lo tienen más fácil) tampoco cuenta como "felicidad".
En el ranking de peticiones o requisitos de todas las Apps de citas figuran "Viajar", "Visitar museos", "tomar el vermú" e "ir a conciertos". Las más osadas, "senderismo" nivel iniciación. Como decía la misma persona que me consideraba "medio hombre", "de novias, todas van a la montaña".
Lo que pasa es que, sentimentalmente, no estamos tan alejados a nuestros antepasados de la Edad Media, para lo cuales la mayor felicidad era que su huerto les regalara, en una soleada mañana de primavera, unos grandes y jugosos tomates. No hay registro escrito de que en esa época añoraran visitar países vecinos (salvo para conquistarlos).
Es llamativo que todos esos requisitos ocupen el 10% de nuestro tiempo. Parece que el 90% restante (casi nada) solo sirviera para prepararnos y disfrutarlo a tope cuando llegue el momento. Me parece demasiado tiempo. Me parece demasiado esperar. Me parece demasiada expectativa, con toda la frustración que conlleva cuando no responde a lo que esperábamos. Y, lamentablemente, casi siempre es así.
Si tengo que construir mi "medio yo", mi propósito es hacerlo sobre el resto de las cosas. Aquellas que llevan más tiempo, como desayunar y cenar cada día, pasar la noche -con todo lo que eso conlleva- y preparar, esta vez si, todas aquellas cosas que nos apetezcan hacer juntos. Y no como algo excepcional, sino como el amor a las cosas compartidas. Porque quieres, porque quiere, porque queréis.
En realidad, no creo que consiga ser un hombre 100% completo. La ilusión que me aborda cada día es muy de niño, y no me la sacudo (ni creo querer hacerlo). Tampoco esto es una carrera con un final feliz -¡la muerte!- sino más bien una lucha de supervivencia disfrutando el paisaje y la compañía. Si es con tu bidelagun, mucho mejor.
Nos vemos