miércoles, 30 de marzo de 2011

El último día

Muy buenas.

Last day, para la versión internacional. Recuerdo cuando nos íbamos de vacaciones de pequeños que no tenías la sensación de prisa en absoluto. Naturalmente uno no tenía que hacer nada en especial salvo disfrutar, del tipo pensar en la comida, en recoger, hacer la compra, la colada, etc. En definitiva, limitarte a dejar pasar los días con lo que te fuera llegando.

Una vez que los roles cambian y empiezan las "responsabilidades", parece que los gozos dan paso a las sombras y las vacaciones son una continuidad de la casa de cada uno, pero un poco más lejos. El otro día un amigo me contaba cómo se planificaba la única semana de vacaciones que su espléndido trabajo con responsabilidades le permitía. Había cogido, ya que era sólo una semana, el mejor hotel que encontró a razón de 1000 eurillos la noche. A saber, todo incluido para su mujer y los niños con todo el lujo que pudiera pensarse. Al término del primer día no pudo dejar de preguntarse si había aprovechado lo suficiente ese día (y a razón de ese precio). El día siguiente amaneció con el convencimiento de que, desde el primer minuto, tenía que pasárselo bien, lo cual es bastante estresante, justo de lo que había huido yendo a ese lugar. Al final de la semana no sabía si había disfrutado todo lo que "tenía" que disfrutar.

Cuando nos roza alguna desgracia, a todos se nos llena la boca de términos como "aprovechar" cada día, no dejar pasar el momento y disfrutar todo lo que podamos porque la vida son 2 días, pero no lo hacemos. Nos encerramos en nuestras casas cansados de los trabajos que nos dan de comer y esperamos que nuestra ordenada vida no se tambalee. Lo único cierto es que la vida no espera por nadie. Podrás hacer cosas nuevas, incluso mejores, pero las que dejaste pasar no volverán.

Qué haríamos si nos dijeran que es nuestro último día es una pregunta que casi todo el mundo se hace. Algunos piensan que hacer cosas que nunca han hecho o harían estaría bien para despedirse, y eso es algo que no alcanzo a entender. Si lo quieres hacer cuando no te queda nada, poco lo vas a disfrutar. Seguramente no te atreves a hacerlo antes porque piensas que puede condicionar tu vida y, como ya no te queda, las consecuencias no las verás. En realidad, es bastante liberador: disfrutar sin rendir cuentas.

Pero igual sí podemos hacer algo más. Podemos decir lo que queremos. Tenemos la libertad de ser felices. Cómo la gente que está contigo va a negar tu felicidad? No es bastante triste que, apelando a que son tus últimas horas, todo el mudo consienta tus deseos y no lo haga cuando realmente puedes disfrutarlos? Puedes disfrutarlos incluso con ellos!!! A lo mejor es que no tenemos el valor de decir lo que queremos por miedo a las famosas consecuencias, ser responsable de tus actos y dueño de tus pensamientos.

Todos nos hemos quedado con ganas de decir o hacer algo con alguien, y no podemos recuperarlo. Hace tiempo que elogié a mi gran amigo V por su capacidad para poder disfrutar de las cosas sin condiciones. Poder ir a algún sitio sin reservas sobre los asistentes y con el total convencimiento de pasarlo bien, olé.

Si recibís una invitación, una llamada, vía cibernética, o cualquier otra posible, es porque me apetece hacer cosas con vosotros. Si ese día no nos vemos, acordaos que no volverá. Tiempos mejores vendrán, seguro, porque para ello luchamos todos, pero esperar nada...

Y vosotros, qué haríais el último día?

Nos vemos.

viernes, 11 de marzo de 2011

Sobre la intimidad

Muy buenas.

Sobre la intimidad y la confidencia, claro, que van unidas.
Estoy empezando a pensar que, a pesar de mi búsqueda constante de la "verdad", puede que esté equivocado, no sé si en la forma o en el fondo. Imagino que en el fondo es difícil, porque cualquiera podría convenir que intentar hacer las cosas bien y actuar en consecuencia, es lo apropiado, incluso que todo el mundo lo intenta, de alguna manera. Por lo tanto, debe ser en la forma.

Me considero un afortunado por la confianza que, sin pedirla, me ha dado mucha gente. Es cierto que siempre pregunto cómo va todo y la gente me cuenta un poco lo que le apetece, pero luego, al pasar del tiempo, vuelvo a preguntar y recuerdo las contestaciones, con lo cual la gente debe pensar que tengo un cuaderno tipo Mou para anotar. Negativo.

En principio, yo entiendo como intimidad que la gente quiera mantener sus asuntos particulares fuera del alcance de los demás. Esto, naturalmente, es algo que viene marcado por el ritmo que imponga cada uno. Quiero decir que lo que pasa en realidad es una cosa, pero que la intimidad viene marcada por la información que cada uno quiera dar sobre sí mismo. Pueden pasar cosas, y tú decir otras. Cuál es la intimidad, pues la mezcla de las dos.

Como decía, me siento afortunado porque alguien quiera compartir su vida -de alguna manera- conmigo. Ya he reconocido alguna vez que soy mal consejero, pues tiendo a dar como solución lo que yo haría (MI búsqueda es la que me marca el camino) y no las necesidades de cada uno. Entiendo que la gente, en un momento determinado, quiere soltarse de pensamientos o experiencias que le preocupan, y como decía estoy tremendamente orgulloso que me lo cuenten (iba a decir que confíen en mí, pero me ha parecido pretencioso, como si fuera a dar con la solución) pero, hay un denominador común en todos los casos: cuando alguien cuenta una intimidad, enseguida se pone a la defensiva.

Está claro que todos basamos nuestra personalidad en fuertes convicciones que nos hacen estar muy seguros de lo que hacemos, tiene que ser así. Cuando decides compartir algo tan tuyo, las columnas más fuertes se tambalean ante la posibilidad de caer lo que tanto te costó construir, porque nos consideramos vulnerables, de ahí la defensa.

Qué pasa cuando nadie te ataca y te pones a la defensiva? Efectivamente, te has expuesto, has confiado y ahora te sientes vulnerable. Este puede que sea mi gran error. Yo sigo convencido de lo que tengo que hacer y así lo transmito. Lo transmito para explicarme, no como dogma de fe. Que diga lo que hago, por otra parte, no significa que no lo hagan los demás, ni siquiera que para los demás sea bueno, sino que mi convencimiento de las cosas me lleva a esas acciones.

Por todo ello, debería pensar que soy en realidad un confidente, una persona a la que se le pueden contar secretos e intimidades, pero nada más. Mi confusión es porque cuando alguien me cuenta algo, me veo en la necesidad (mal entendida al parecer) de dar mi opinión al respecto en primer término e intentar encontrar una solución en segundo. Mal hecho. Las soluciones las deben encontrar las propias personas, y el camino elegido por mí puede no ser válido para los demás.

Creo recordar que este tema ya lo traté en algún post, pero os aseguro que intentaré no meterme en la vida de nadie, bajo ninguna de sus vertientes. Esto, seguramente, me llevará a una actitud diferente, por lo que no hace falta que me preguntéis qué me pasa: os escucho, tomo nota, e intento actuar en consecuencia, pero no me pasa nada. Nada de nada.

Si me sacara la carrera de Psicología imagino que mis palabras tendrían más crédito, pero me temo que me encontraría con el mismo problema: escucho, anoto, busco la solución, pero no podría decirla!! En fin, cualquier excusa es buena para no estudiar de nuevo.

Nos vemos.

jueves, 3 de marzo de 2011

Cerrando círculos

Muy buenas.

He visto finalmente "Más allá de la vida" y, respetando los comentarios, me ha parecido un peliculón. Me parece que, el Sr. Eastwood, no sólo se limita a preguntarse dónde le llevan los 80 y pico años que tiene, sino que espera que ese sitio sea finalmente un premio para las buenas acciones: me parece que últimamente hace pelis sobre la fe.

Lo bueno de la peli no es dónde vamos, sino la influencia real de lo que decidimos hacer. Quiero decir que siempre nos marcamos una linea sobre la que desarrollamos nuestros actos para que sea cumplido lo que buscamos, pero luego casi nunca salen las cosas como pensábamos.

Lejos de desilusionarnos, volvemos a marcarnos nuevas metas y plazos que nos devuelvan al camino perdido (si es que en realidad es el perdido, y no el verdadero camino) e intentamos cumplir con los objetivos a corto plazo, que siempre son más fáciles. Cuando los logramos, en realidad lo que nos satisface no es cumplirlos, sino la confianza que el hacerlo nos inspira para afrontar nuevos retos.

Llevo unos días en los que, accidentalmente dirán, se me cruzan las historias. En el momento que uno se aleja del guión establecido, se asusta ante la posibilidad de no poder volver, cuando en realidad es la propia historia la que marca el camino: confundimos el punto de referencia. Siempre pensamos en nosotros mismos como nexo de unión con lo que nos sucede y no contemplamos la posibilidad de que la historia lleve su curso y nosotros podamos participar en ella o no.

El caso es que, haga lo que haga, el círculo se cierra. No sé si es tan azar como muchos quieren ver. Tampoco estoy de acuerdo con que una historia -nueva, emergente- tenga vida propia. Me inclino más por la idea de que todos la construimos y cerramos, dependiendo de lo que nos toque en ella, pero sin tener la capacidad en ningún momento de decidir cómo acabará. Diría que muchas veces se cierra bruscamente, incluso contra ella misma, por nuestra voluntad, que es implacable con lo desconocido.

He descubierto también que, además de psicólogo morfológico, soy abridor de historias (abrehistoiras si queréis) y muchas veces me empeño en no cerrarlas. Seguramente pienso que, mientras permanezcan abiertas, siempre nos darán oportunidad de intervenir (quién no quiere formar parte de algo?). Es otra forma de luchar contra el final, huir del destino y no recurrir, por ahora, a la fe.

Es por ello (OYE!!!), que volvemos a encontrarnos con personas que formaron parte de nuestras vidas (en cualquiera de sus versiones: amistad, amor, sexo, deseo, etc.) y nos permiten volver a aportar nuevas pinceladas a esa historia. Los caminos han cambiado, las decisiones son otras y, muchas veces, disfrutamos de segundas oportunidades aún cuando no las merecíamos por nuestro empeño en cerrarlas para poder continuar.

Podríamos decir entonces que hemos elegido nuestra historia? En todo caso, algún circulito sí habremos podido cerrar, pero no el definitivo. A los que están empeñados en cerrar historias, preguntaros primero si habéis hecho todo lo que teníais que hacer; a los que quieren abrirlas, bienvenidos a Ena-Moral-2.

Nos vemos.

martes, 1 de marzo de 2011

Las ventanas

Muy buenas.

Mi dilatada carrera profesional (permitidme la licencia, siempre quise poner esta frase pero no encontraba el momento) me ha llevado algunos años a poner ventanas en las casas. Puede parecer un trabajo cualquiera, pero no lo es, ya que todo lo que tenga que ver con el hogar, con mayúsculas, merece tratarse de manera especial.

Debería decir que hay una diferencia sustancial: cuando te haces la casa o cuando las renuevas. En ambos casos existe una gran variedad de modalidades y colores, a gusto del consumidor, pero cuando renuevas los huecos están hechos.

He visitado infinidad de casas donde, de cualquier manera, se intentan salvar las ventanas existentes. Se ponen burletes para que el viento no sople, se colocan gomas más gordas para que cierren mejor, hasta se colocan unas tiras perimetrales (embellecedores) para que resulten más bonitas. Todo el trabajo de restauración SIEMPRE corre a cargo de las mujeres. Te reciben y te preguntan esperando una solución milagrosa.

Cuando unas ventanas están mal, hay que tratar de restaurarlas, no se puede tirar por la borda la inversión que has hecho al mínimo problema. Pero hay ventanas que, o son malas desde el principio, o se estropean, ya sea por defectos de fábrica o por mal uso de ellas. Cogen vicios.

Los hombres siempre toman la iniciativa cuando la casa se construye. Está todo diáfano y es más fácil pensar. Sólo hay que elegir tipos y colores, pero no quieren saber nada de rehabilitaciones. Ella, que está más tiempo en casa, debe ocuparse. Esta es una de las razones por la que, hoy en día, muchos separados están en un piso de 20 metros (sin ventanas, por supuesto).

Las ventanas malas, no tienen ningún sentido. No nos dan el calor ni el abrigo que necesitamos. La mayoría de las personas sólo ve el envoltorio y no acierta a valorar la confidencia que nos da una buena ventana, la solidez y el equilibrio entre nuestro hogar y el exterior. Tiene eso algún precio? Yo creo que no.

No tiene sentido aguantar años con ventanas que no nos dan el servicio que precisamos de ellas, ni valor el tiempo que malgastamos intentando reparar lo irreparable. Cuando se estropean y no se pueden arreglar, es mejor abrir huecos más grandes, que nos dejen ver la luz.

Las ventanas desde fuera casi siempre se ven bonitas. Es difícil apreciar si son buenas o malas si no las conoces. Dan el pego. Desde mi pequeño conocimiento del sector, podéis contar con mi ayuda.

Nos vemos.