Muy buenas.
Cuando era pequeño no había "progenitoras gestantes". Afortunadamente se llamaban MADRES y lo único que nos enseñaban era a ser buenas personas y respetar a todo el mundo haciendo siempre lo que harías contigo mismo. Casi es más importante la versión opuesta: no hagas a nadie lo que no quisieras que te hicieran a ti.
En 1986, en el camping que veraneábamos, andaba yo enamoradísimo de una chica morena. Como a esa edad y en ese tiempo -y mis circunstancias- yo solo podía hacer las cosas bien, como bien me enseñaron mis progenitoras gestantes más conocidas como madre y abuela, le dije que me gustaba, que me parecía guapísima y que si quería salir conmigo. Quiero que entendáis que mi petición era de por vida, como debía ser, fiel a mis sentimientos. Como es natural, no me dijo nada. Simplemente siguió como si nada, pero buscándome constantemente. No llegué a entender aquella situación. Si quería estar conmigo, por qué no me lo decía y LO HACÍA. Yo respeté su decisión de no contestar con un si o no, dando por hecho que, muy a mi pesar, si no es sí, es no.
Teníamos 13 años. Puesto ahora en contexto parece una soberana tontería. En aquella época no teníamos más relación que vernos y tenías que esperar hasta el siguiente año para ver si aparecía. Como mucho una carta al año, aunque os podéis imaginar la sensibilidad de un niño a esa edad. Se repitió la misma escena en los años siguientes, 14, 15... y en aquellos veranos algo cambió. La historia principal era la misma, yo enamoradísimo y ella sonriendo sin parar, intuyo que sabedora a ciencia cierta de que eso era suficiente para retenerme a su lado. Incluso un día me habló de Manolo, un chico de Cartagena que andaba por allí conquistando a todo lo que se movía. En la conversación vino a decirme que con Manolo no habría dudas, que le diría que sí a todo. Me lo dijo a mí. Le dio igual seguir besándome y sonriendo. Las posiciones de fuerza nunca lo son del todo.
Manolo, por el contrario, era un chico que no engañaba a nadie. Efectivamente todas las chicas babeaban por él, lo sabía y lo explotaba. La verdad es que yo me llevaba fenomenal con él, no puedo decir otra cosa. Me parecía irrespetuoso con ellas, pero visto ahora, con otra perspectiva, imagino que son edades para explorar y ver qué pasa, y no tener un pensamiento tan conservador y leal como el mío en ese momento. El caso es que los días en un camping dan para mucho y naturalmente me dejó y se lió con él. Una de las cosas que mejor se me ha dado siempre es encajar los golpes. No me quería para siempre, pues nada más que pensar.
Pasados dos tristes días vinieron a mi por separado. Ella, para que la volviese a escuchar, lo cuál hice, por supuesto, porque estaba enamorado, y él, ¡oh grato karma! ( o mejor dicho resultado de las cosas bien hechas) vino a decirme que qué guapa, que todo fenomenal, pero que cómo lo hacía yo para estar con ella y ninguna más, como si fuese para él un desafío. Además, con él (en dos días) no parecía tan sonriente y eso le llevó a, como decíamos, "cortar". Eso y otra que andaba por allí...
El caso es que yo volví a esperarla con la esperanza de un si definitivo, que naturalmente no llegó porque no procedía, porque mi petición estaba fuera de toda lógica y aunque fuera 10 años más tarde siempre es difícil dar pasos definitivos. Siempre supo que me tenía cuando quisiera y aprovechó que yo entendía todo, como no podía ser de otra manera, para estar conmigo cuando le convenía. Respeté sus decisiones.
Años más tarde llamó a mi casa. En esa época cualquiera cogía el teléfono, preguntaban quién era y a gritos decían ¡Ivaaaaaán, es para tí, seguido del nombre de la chica. Buscando algo de privacidad tenías que alargar el cable lo máximo posible para que la conversación no fuera de a 6 personas juntas. Me dijo que quería verme, que había pensado que si sonreía conmigo era por algo y que qué me parecía. Le dije que estuve años pensando en ella, era la verdad, pero que ya no.
Ser el paño de lágrimas de alguien a quien quieres es de las peores cosas que pueden pasarte. Que alguien sepa que eres eso y lo consienta, no me parece bien. Volvemos a la responsabilidad afectiva.
"Todas las oportunidades marcan el transcurso de nuestra vida, incluso las que dejamos ir" (El curioso caso de Benjamin Button)
En realidad, intentar entender y respetar decisiones, por muy dolorosas que parezcan, forma parte de la esencia de cada uno. Hay quien tiene la capacidad de soltar lastre en cuanto algo se tuerce y quien necesita toparse de golpe con la realidad, muchas veces de las peores formas posibles: mentiras, engaños, pilladas insospechadas, etc. En cualquiera de los casos, es el tiempo quien pone a cada uno en su sitio, para lo bueno y para lo malo. No lo cura, como dicen, pero inevitablemente lo pone en el lugar que le corresponde, aquel que te permite dormir por las noches.
"Alicia, no puedes vivir complaciendo a otros, la decisión es completamente tuya" (Alicia en el país de las maravillas)
No entiendo muy bien qué pasa por la cabeza de alguien que quiere algo y lo pospone. Cuando todas las decisiones son dejarte a un lado y pedirte, aunque no siempre explícitamente, que aguantes porque el futuro llegará, inevitablemente estás llamando al tiempo. Tal vez es el pensamiento de que con una sonrisa todo vale, porque uno está enamorado. Tal vez toca decidir.
"Al fin y al cabo, mañana será otro día" (Lo que el viento se llevó)
¿Acaso existe frase más triste en el cine? No quiero pensarlo, mañana será otro día. Tiempo, acelera y ven a mi, pasa rápido y hazme olvidar.
Pero como soy humorista frustrado me quedaré con Charles Chaplin, y el antológico final de "Tiempos modernos". Cuando ella, tras la vida que le ha tocado vivir está a punto de rendirse, él la anima y ambos caminan, con sonrisa obligada, hacia el primer día del resto de sus vidas.
La vida es asombrosa. Querer de verdad siempre tiene su recompensa. Un día llegas a casa y un rayo de luz que no habías visto ilumina todo de una manera especial. Es el tiempo que ha pasado y te hace ver todo diferente. O es alguien con un buen gusto tremendo que cuando menos lo esperabas, te cogió de la mano, cambió tu decoración y te acompañó, como Chaplin, hacia el primer día del resto de sus vidas.
Nos vemos.