Muy buenas.
Cuántos de nosotros hemos tenido al menos una discusión por la interpretación de, no sólo lo que hemos dicho, sino de lo que el otro pensaba que queríamos decir, o la forma en que lo hemos dicho o la forma que el otro piensa que las hemos dicho.
Para empezar, habría que analizar la intención que tiene el que habla. Si va por la vía de no esconder nada y decir exactamente lo que quiere decir, lo normal es que no encuentre explicación ante la interpretación de sus palabras. De hecho, no entenderá ni siquiera que tenga que haber una interpretación: lo que he dicho es lo que quería decir, no hay dobleces.
Supongo que en este punto habrá que manejar la posibilidad de que haya alguien que, efectivamente, lo que diga admita una interpretación. Pero, para qué, cómo iba alguien a querer intencionadamente que sus palabras fueran interpretadas? Tal vez para no decir explícitamente lo que se quiere? Para no ser él el que lo diga? Aquella frase de "Eso no lo he dicho yo, lo estás diciendo tú ahora"
Lo más difícil de todo esto es que resulta totalmente incontrolable. No depende de si lo que decimos es lo que queremos decir, sino que influyen la forma de decirlo y el estado anímico de la persona que lo escucha. Si por un casual sabemos cómo es ese estado emocional de la persona y decidimos contar lo que queremos en función de eso, estamos ya orientando la interpretación?
Para mí, la verdad, resulta difícil aceptar la posibilidad de cualquier interpretación sobre lo que digo porque estoy seguro de ello, pero tengo que reconocer que siempre tiendo a interpretar lo que la gente dice. Es más, casi siempre doy por buena mi interpretación antes que la versión oficial, lo que obviamente me sitúa en el plano contrario a mi queja!!! Por lo tanto, debemos decir algo y esperar que la interpretación sea idéntica a lo que queríamos decir?
Todo esto podría resumirse en algo muy básico: la verdad de lo que decimos es la mezcla entre lo que queremos decir y lo que la gente interpreta. Tampoco es cierto que siempre digamos lo primero que nos pasa por la mente y seguramente moldeamos nuestras palabras dependiendo de lo que queramos que interpreten y la persona con la que hablamos: no somos tan naturales y espontáneos como creemos.
Quisiera, como mi buen amigo V, no interpretar y ser capaz de escuchar y aceptar. De momento, interpreto. Si alguien alguna vez ha malinterpretado alguna de mis palabras, decirle que nunca es mi intención, pero admitiendo que soy el primero que lo hace, debería pedir perdón.
En fin, siempre os envío este blog e interpreto que nadie se siente molesto por ello. Algo que sí puedo asegurar es la sinceridad, así que estáis a tiempo.
Nos vemos.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
jueves, 16 de septiembre de 2010
Sobre cómo elegir
Muy buenas.
Alguien podría estar seguro de haber elegido a su pareja? Alguien, por el contrario, podría decir que ha sido él el elegido? Nos juntamos porque nos elegimos o no tiene nada que ver?
Sobre el gusto de los tíos está más o menos está todo escrito, o eso creen las mujeres. Por definición, y en un primer momento, diréis que nos gustan sueltecitas, como primera premisa. En ningún momento se sopesa la posibilidad de que busquemos algo en ellas que no sea su físico. Esto siempre me ha llevado a preguntarme dónde quedáis vosotras. Se supone que sólo habláis de las demás, no, no de vosotras mismas?
Claro, se supone que nuestra elección - vosotras - sois algo más que una atracción física, cómo no. Aunáis el resto de las cosas que ninguna otra podría, o al menos si es valorada por un grupo de amigas. Naturalmente no estoy en esas conversaciones, pero estaría por apostar que ninguna, incluidas las presentes cuando no están, saldría agraciada de la misma.
A saber:
- Como mi decía mi suegro, a todas las novias les gusta subir a la montaña. Somos planos, efectivamente, y no vamos a pensar que lo dejaréis de hacer. Pero en realidad, qué se consigue engañando a un entusiasmado novio? Qué se supone que haréis mientras subimos el resto de los días? Porque si subimos es porque nos gusta, y nos seguirá gustando.
- Nos gustan las tías deportistas, que nos acompañen en nuestras escapadas de surf, puenting, ski, etc. Alguien que se sienta cómoda con unas zapatillas y dispuesta a la siguiente aventura. A la vez, deberá ser sofisticada y elegante, así como buena anfitriona.
- El hecho de ser simpática, divertida, juerguista y aventurera no tiene que ser un impedimento para acabar sus estudios universitarios. Poder mezclar algo del Hola y el Muy Interesante. Saber que podremos combinar conversaciones de tíos con temas intelectuales...
- Ser recatada de día y loba de noche no sólo es patrimonio de Shakira. Dulce con los niños y salada cuando hay que serlo.
Alguien cree que todo esto se puede elegir? Mi opinión es que no. Después de un desengaño todos piensan que a partir de ese momento sólo elegirán con tal o cual premisa y, sobre todo, siempre hay un elemento común: se buscan coincidencias y compatibilidades. Como si eso fuera posible. Como si todo lo que fuera a pasar tuviera que ser comprendido y aceptado por la otra persona porque "erais compatibles".
Lo cierto es que las elecciones de las tías, en contra de las creencias generales, son mucho menos oníricas. Ellas sólo quieren que las quieran. Es una verdad como un templo. Si quieres a una tía, estará contigo toda la vida pero, ¿por qué nosotros no somos capaces de aceptar que todo cambia, que no es necesario que suban siempre a las montañas?
En realidad, nosotros somos los que engañamos. Donde estaba el "siempre pensamos en los mismo" ahora sólo está el "no me hacen ni caso" de las tías. Planeamos una casa bonita y una familia feliz para no atenderla como se merecen. Es cierto que nos siguen gustando las mismas cosas y seguramente con los mismos amigos, pero no es la realidad.
Lo que tenemos es fruto de lo que hemos hecho y lo que tendremos será lo que queramos hacer, no de lo que siempre pensamos que pasaría.
Sinceramente, creo que lo que elegimos es querer querer.
Nos vemos.
Alguien podría estar seguro de haber elegido a su pareja? Alguien, por el contrario, podría decir que ha sido él el elegido? Nos juntamos porque nos elegimos o no tiene nada que ver?
Sobre el gusto de los tíos está más o menos está todo escrito, o eso creen las mujeres. Por definición, y en un primer momento, diréis que nos gustan sueltecitas, como primera premisa. En ningún momento se sopesa la posibilidad de que busquemos algo en ellas que no sea su físico. Esto siempre me ha llevado a preguntarme dónde quedáis vosotras. Se supone que sólo habláis de las demás, no, no de vosotras mismas?
Claro, se supone que nuestra elección - vosotras - sois algo más que una atracción física, cómo no. Aunáis el resto de las cosas que ninguna otra podría, o al menos si es valorada por un grupo de amigas. Naturalmente no estoy en esas conversaciones, pero estaría por apostar que ninguna, incluidas las presentes cuando no están, saldría agraciada de la misma.
A saber:
- Como mi decía mi suegro, a todas las novias les gusta subir a la montaña. Somos planos, efectivamente, y no vamos a pensar que lo dejaréis de hacer. Pero en realidad, qué se consigue engañando a un entusiasmado novio? Qué se supone que haréis mientras subimos el resto de los días? Porque si subimos es porque nos gusta, y nos seguirá gustando.
- Nos gustan las tías deportistas, que nos acompañen en nuestras escapadas de surf, puenting, ski, etc. Alguien que se sienta cómoda con unas zapatillas y dispuesta a la siguiente aventura. A la vez, deberá ser sofisticada y elegante, así como buena anfitriona.
- El hecho de ser simpática, divertida, juerguista y aventurera no tiene que ser un impedimento para acabar sus estudios universitarios. Poder mezclar algo del Hola y el Muy Interesante. Saber que podremos combinar conversaciones de tíos con temas intelectuales...
- Ser recatada de día y loba de noche no sólo es patrimonio de Shakira. Dulce con los niños y salada cuando hay que serlo.
Alguien cree que todo esto se puede elegir? Mi opinión es que no. Después de un desengaño todos piensan que a partir de ese momento sólo elegirán con tal o cual premisa y, sobre todo, siempre hay un elemento común: se buscan coincidencias y compatibilidades. Como si eso fuera posible. Como si todo lo que fuera a pasar tuviera que ser comprendido y aceptado por la otra persona porque "erais compatibles".
Lo cierto es que las elecciones de las tías, en contra de las creencias generales, son mucho menos oníricas. Ellas sólo quieren que las quieran. Es una verdad como un templo. Si quieres a una tía, estará contigo toda la vida pero, ¿por qué nosotros no somos capaces de aceptar que todo cambia, que no es necesario que suban siempre a las montañas?
En realidad, nosotros somos los que engañamos. Donde estaba el "siempre pensamos en los mismo" ahora sólo está el "no me hacen ni caso" de las tías. Planeamos una casa bonita y una familia feliz para no atenderla como se merecen. Es cierto que nos siguen gustando las mismas cosas y seguramente con los mismos amigos, pero no es la realidad.
Lo que tenemos es fruto de lo que hemos hecho y lo que tendremos será lo que queramos hacer, no de lo que siempre pensamos que pasaría.
Sinceramente, creo que lo que elegimos es querer querer.
Nos vemos.
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Acercarse para alejarse
Muy buenas.
Hay ciertas tendencias que parecen no poder cambiarse nunca, que siempre toman el mismo camino, o al menos todo el mundo las afronta de igual manera. Es como si uno supiera lo que va a pasar y aún así, se resistiera a dejar de hacerlo, a pesar de que seguramente conozca las consecuencias.
Cuando uno va hacia un camino es difícil que nadie le detenga. En estas circunstancias se da algo que nunca consigo calibrar bien cuando, de repente, te comentan lo que quieren hacer. Se supone que si no te dicen nada, están pidiendo tu opinión o tu consejo, o es sólo a modo informativo? Informativo casi lo descartamos porque cuando terminan de hablar y tú estás callado, siempre dicen "bueno, qué?". O sea, que se supone que tienes que decir algo.
Decir algo es bueno o es malo? Debemos suponer que la persona que nos está contando todo esto espera que le digamos lo que pensamos sobre el tema en cuestión o quizá lo dice para que le digamos lo que espera oír? Se supone que si sabemos que, efectivamente, está esperando que le digamos lo que quiere oír, debemos decírselo?
Naturalmente aquí entra en cuestión la otra persona. Qué sentido tiene que alguien nos pregunte algo que quiere oír cuando ADEMÁS sabe que lo vamos a decir porque efectivamente lo quiere oír? No será mejor que si alguien nos pregunta o comenta algún asunto, tenga la mente totalmente abierta para recibir nuestra opinión o consejo en su caso? Porque, podemos decir que hemos ayudado a alguien sólo por escuchar? La mayoría de la gente valora mucho que la escuchen, da igual lo que opinen, sólo necesitan desahogarse.
Y si alguien tiene la necesidad de contar algo porque de otra manera no le es posible comunicarse, no será mejor que de entrada digamos que el primer problema es precisamente ese, la imposibilidad? Seremos mejores amigos si asentimos en las conversaciones y no decimos lo que realmente pensamos, aún sabiendo que la otra persona necesita que la escuchemos?
Es un círculo de necesidades. Preferimos solucionar el problema más inmediato que tenemos sin pensar en el origen o en lo que pueda pasar después. El consuelo que encontramos al momento nos da una tranquilidad que no conseguimos pensando que ,ADEMÁS, tenemos otros problemas. Quién quiere reconocer que tiene algo que solucionar?
El siguiente paso es la confianza. Estableces una relación con alguien muy estrecha, cada vez más cercana. Da igual que sea tu pareja o un amigo/a. Es lo normal porque para poner en antecedentes y contar lo que nos pasa debemos establecer ese círculo de confianza, aún sabiendo que es un círculo caduco que sólo estará el tiempo necesario para solucionar nuestro problema. Recordemos que nosotros creamos ese círculo y que, en principio, es sólo caduco para nosotros porque es finito: queremos resolver la cuestión.
Entonces comenzamos ese proceso consistente en hacer a la otra persona partícipe de nuestra propia vida, haciéndole ponerse en nuestro pellejo para que sepa, de viva voz, lo que nos está pasando. Cuantos más datos tenga y comprometida esté la otra persona, más fiable podrá ser la valoración.
Una vez conocidos los detalles deberíamos saber si tenemos o no que hablar, y si es que sí, en qué términos. Quieres mi opinión o mi consejo? O mejor te callas porque al final sí que era meramente informativo.
Aquí es donde entra la supuesta "mano izquierda", esa por la que todos debemos saber sin que nos lo digan qué debemos hacer o decir.
Al final, es un traslado de emociones. Pasamos nuestras necesidades a otro con el fin de que nos parezcan menos gravosas. En realidad da igual su respuesta porque nosotros sabemos lo que queremos oír, lo tenemos decidido y lo que que necesitamos es sólo una confirmación. Conozco poca gente que acepte consejos y todos preferimos las opiniones, porque aunque las hayamos pedido, con decir que son eso, opiniones -y por tanto cada una diferente- es suficiente.
Lo malo son las huidas. Después de la tormenta de información y de la cercanía que hemos creado, solemos tender a huir, a darnos un espacio o tiempo prudenciales. Dónde quedan las personas que nos escuchan?
Nos vemos
Hay ciertas tendencias que parecen no poder cambiarse nunca, que siempre toman el mismo camino, o al menos todo el mundo las afronta de igual manera. Es como si uno supiera lo que va a pasar y aún así, se resistiera a dejar de hacerlo, a pesar de que seguramente conozca las consecuencias.
Cuando uno va hacia un camino es difícil que nadie le detenga. En estas circunstancias se da algo que nunca consigo calibrar bien cuando, de repente, te comentan lo que quieren hacer. Se supone que si no te dicen nada, están pidiendo tu opinión o tu consejo, o es sólo a modo informativo? Informativo casi lo descartamos porque cuando terminan de hablar y tú estás callado, siempre dicen "bueno, qué?". O sea, que se supone que tienes que decir algo.
Decir algo es bueno o es malo? Debemos suponer que la persona que nos está contando todo esto espera que le digamos lo que pensamos sobre el tema en cuestión o quizá lo dice para que le digamos lo que espera oír? Se supone que si sabemos que, efectivamente, está esperando que le digamos lo que quiere oír, debemos decírselo?
Naturalmente aquí entra en cuestión la otra persona. Qué sentido tiene que alguien nos pregunte algo que quiere oír cuando ADEMÁS sabe que lo vamos a decir porque efectivamente lo quiere oír? No será mejor que si alguien nos pregunta o comenta algún asunto, tenga la mente totalmente abierta para recibir nuestra opinión o consejo en su caso? Porque, podemos decir que hemos ayudado a alguien sólo por escuchar? La mayoría de la gente valora mucho que la escuchen, da igual lo que opinen, sólo necesitan desahogarse.
Y si alguien tiene la necesidad de contar algo porque de otra manera no le es posible comunicarse, no será mejor que de entrada digamos que el primer problema es precisamente ese, la imposibilidad? Seremos mejores amigos si asentimos en las conversaciones y no decimos lo que realmente pensamos, aún sabiendo que la otra persona necesita que la escuchemos?
Es un círculo de necesidades. Preferimos solucionar el problema más inmediato que tenemos sin pensar en el origen o en lo que pueda pasar después. El consuelo que encontramos al momento nos da una tranquilidad que no conseguimos pensando que ,ADEMÁS, tenemos otros problemas. Quién quiere reconocer que tiene algo que solucionar?
El siguiente paso es la confianza. Estableces una relación con alguien muy estrecha, cada vez más cercana. Da igual que sea tu pareja o un amigo/a. Es lo normal porque para poner en antecedentes y contar lo que nos pasa debemos establecer ese círculo de confianza, aún sabiendo que es un círculo caduco que sólo estará el tiempo necesario para solucionar nuestro problema. Recordemos que nosotros creamos ese círculo y que, en principio, es sólo caduco para nosotros porque es finito: queremos resolver la cuestión.
Entonces comenzamos ese proceso consistente en hacer a la otra persona partícipe de nuestra propia vida, haciéndole ponerse en nuestro pellejo para que sepa, de viva voz, lo que nos está pasando. Cuantos más datos tenga y comprometida esté la otra persona, más fiable podrá ser la valoración.
Una vez conocidos los detalles deberíamos saber si tenemos o no que hablar, y si es que sí, en qué términos. Quieres mi opinión o mi consejo? O mejor te callas porque al final sí que era meramente informativo.
Aquí es donde entra la supuesta "mano izquierda", esa por la que todos debemos saber sin que nos lo digan qué debemos hacer o decir.
Al final, es un traslado de emociones. Pasamos nuestras necesidades a otro con el fin de que nos parezcan menos gravosas. En realidad da igual su respuesta porque nosotros sabemos lo que queremos oír, lo tenemos decidido y lo que que necesitamos es sólo una confirmación. Conozco poca gente que acepte consejos y todos preferimos las opiniones, porque aunque las hayamos pedido, con decir que son eso, opiniones -y por tanto cada una diferente- es suficiente.
Lo malo son las huidas. Después de la tormenta de información y de la cercanía que hemos creado, solemos tender a huir, a darnos un espacio o tiempo prudenciales. Dónde quedan las personas que nos escuchan?
Nos vemos
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