Muy buenas.
Todos hemos sido educados más o menos en la idea de que siendo buenas personas, obrando bien, las cosas han de salir como hemos planeado, o lo que es peor, como hemos luchado para que sucedan. Esta idea, creo que confusa, de que siempre se producirá una acción-consecuencia y que además ésta siempre será como queremos, nos lleva una y otra vez sin remisión a llevarnos una decepción.
O mejor dicho, una no recompensa. Porque nosotros hacemos las cosas con la idea de que haciéndolas -y no sólo haciéndolas, como los demás, sino como nosotros las hacemos, bien de verdad- se producirá la tan ansiada causa-efecto.
El problema radica en que lo que a nosotros nos parece bien hecho no tiene porqué ser igual para los demás, y viceversa. Tú esperas que algo suceda como consecuencia de tus actos y no hay respuesta (desilusión), lo que te hace plantearte si merece la pena volver a seguir haciéndolo si sólo lo ves tú. Es aquí donde cobra más sentido preguntarse, si no lo sabes ya, qué diablos hacemos haciendo cosas para los demás cuando lo único que nos hace felices es lo que vemos nosotros.
Claro que puede darse la circunstancia de que uno sea feliz haciendo felices a los demás, siendo partícipes de lo que les pasa en la vida de una u otra manera. En este caso sí influiría la reacción de los demás ante nuestros actos, ya que de alguna manera, aunque en parte egoísta porque nos hace felices, nos sentimos vacíos ante la indiferencia o distinta visión de ellos.
Al final nada es totalmente altruista. Lo hacemos porque nos hace sentir bien. Nos preocupamos por los demás, les queremos, les amamos, hacemos cosas por ellos porque de esa manera ellos se encontrarán mejor y todo ese bienestar nos vuelve en forma de gratificación, de hacer las cosas bien, pero no podemos controlar los sentimientos de los demás.
Y los sentimientos de los demás pueden ser totalmente contrarios a los nuestros, sin más. Por mil y una razones. No sólo la visión de nuestros actos, sino el porqué los hacemos, y es ahí donde choca frontalmente con nosotros, en la intención. La interpretación de un acto es libre, pero juzgar la intención de alguien es ir demasiado lejos.
Al fin y al cabo lo único que verdaderamente nos pertenece es eso, la intención con la que hacemos las cosas. Una vez hecha podrá ser analizada o juzgada y no estará en nuestra mano, salvo si nos preguntan, relatar lo acontecido. Cualquiera que estuviera allí podría contar lo que vio y creyó que sucedía, pero nunca poner en su boca nuestra intención.
Podrás decir que como te quieren o no no es suficiente, que no te vale o que no lo quieres. Aventurarse a que lo hacen por tal o cual motivo es demasiado. No hay nada que te recompense más que la verdad. Sí, ya sé que todo el mundo cree que no hay verdad absoluta. No sé si existe o no, pero no engañarse a uno mismo ni a los demás está muy cerca, seguro. Además, qué sentido tiene conseguir algo con engaños? A quién puede beneficiar algo así?
No lo entiendo, la verdad.
Nos vemos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario