Muy buenas.
Suele uno equivocarse cuando alguien a quien no conoces te
cae bien o mal. “Este tiene que ser un tío cojonudo” o “me da mala espina” son
todos los argumentos que encontrarás. No parece lo más fiable pero, puestos a
ser prácticos y como a muchos de ellos no conocerás jamás, lo normal es
que tu prejuicio prevalezca.
Llevo 3 días con una sensación mala, no triste, pero sí de
incomodidad. La razón no es otra que el fallecimiento de David Gistau, a quien
por supuesto no conocía. Desde que empezó me gustaba leerle, cómo no, y eso no
tiene nada de especial porque objetivamente lo hacía bien. Mi vínculo personal
con él era (es) más bien de empatía: si yo hubiera escrito (hubiera podido escribir),
mis palabras serían las suyas, o casi, porque no me atrae nada el boxeo.
Nos gusta imaginar que podríamos ser nuestros héroes. Yo era
Fernando Martín de pequeño. No es que fuera mi favorito, que lo era, sino que
al verle a él me imaginaba yo mismo haciendo las mismas cosas. No fui Perico,
por mi carácter, y sí Indurain, aunque me gustara más el segoviano. Fui Sampras
y no Nadal, aunque le idolatre. Fui siempre Bogdan Wenta, aquel maravilloso
central del Bidasoa que el Barcelona nos robó, sin necesidad, para debilitar a
un “rival”. Y, desde luego, ya que no pude ser Herman Hesse ni Thomas Mann, fui
David Gistau.
Y al morir -como antes no me preocupé de ello ya que tenía
mis prejuicios, en este caso positivos, porque era yo mismo escribiendo- he
descubierto cómo era, al menos a la vista de la gente que sí le conocía. Y sí,
esta vez acerté, era otra vez alguien muy parecido a mí. O eso me gustará creer…
Yo sí me sentí padre mucho antes de serlo. De hecho lo fui
siempre, imagino que desde el momento en que el mío dejó de ejercer. Y quise ser así. Quise vivir la vida que tengo.
La planeé y la tuve. Quise ser feliz de un modo tradicional, aunque no
estuviera de moda. Cuando toda tu vida ha girado en torno a crear una familia,
crecer juntos, ser lo suficientemente bueno para cumplir cada una de las
expectativas que tus hijos tengan en el futuro, no claudicar, no dudar, ser la
mejor persona posible, de repente y sin aviso, como debe ser, te encuentras postrado
en la cama de un hospital. Unos mueren sin poder terminar lo que empezaron
(o sí, quien sabe) y otros quedamos.
No es fácil decidir qué vas a hacer con tus hijos pensando
que vas a morir, que puedes morir. Sólo existe el consuelo de que eres tú y no
ellos. Que lo pasarán mal, pero se quedarán. El que te vas eres tú. Te quedarás
a solas con tu conciencia y se encargará de ponerte en tu sitio.
“La felicidad está en
la sala de espera de la felicidad”, dijo Punset. El camino es lo que cuenta.
Estoy seguro que en su afán de que todo estuviera bien fue feliz. No puede ser
de otra manera cuando tu felicidad es la de ver felices a los demás. Así que,
aprovechando la bola extra, si no lo conseguí antes, toda mi energía para los
demás. Y tengo de sobra! Ahí vamos, hasta el final.
Nos vemos
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