jueves, 6 de agosto de 2009

Treinta y tantos

Muy buenas.

No sé quién dijo que la mejor edad para las mujeres son los 19. Mentira, que le busquen y le juzguen. Muchas veces se dicen cosas y uno no debe ser esclavo de sus palabras, porque luego suceden otras que nos hacen tener otra visión del prisma. El famoso prisma que nos recuerda una y otra vez que nada es verdad o mentira.

El caso es que en mis momentos de observación -tenía que haber hecho la carrera de observador- me doy cuenta de los matices que, con la edad, ganan las mujeres. Sé que esto no será muy popular y que muchos pensaran que esos matices se compran o alquilan, pero noto que en cada movimiento suyo hay un descubrimiento en sí mismo. P.e.:

Estamos en un hotel para familias con todo lo que uno pueda desear para que los niños lo pasen bien. En estos lugares nuestras protagonistas tienden a olvidarse de sí mismas por la labor impagable de estar pendientes de todo, pero siempre hay chispazos. Suena la típica música pegadiza que en cada hotel ponen a los niños, de repente los animadores les piden que saquen a los padres (por no decir directamente a las madres) y allí las tenemos, bailando canciones sin sentido en medio de mocosos. Pero pasa algo especial. La música suena y ellas cogen el ritmo rápidamente, como pensando jóder, si esto se me sigue dando bien. Se miran de arriba a abajo porque un pareo y un bañador no les recuerda sus mejores momentos en la pista, pero la música sigue sonando. Todavía hay algo más, el pincha se emociona y en el calor de la noche, olvidándose de los chavales, ataca con la "Boooomba", donde, con el "movimiento sensual" ellas descubren definitivamente que si no están en el mercado es porque no quieren. Les ha costado bajar un poquito, pero atisban que su movimiento pélvico a engatusado a más de uno.

Lo mismo ocurre en la playa. Entiendo que bajar con palas, cubos, sombrillas, etc. no es el mejor preámbulo para sentirse rejuvenecer, pero los niños se van a la arena y los marido se quedan las palas, y allí están ellas pensando: pues voy a intentar disfrutar. Se ponen bronceador intuyendo las miradas adolescentes que se preguntan hasta dónde llegaran: es la era del topless. Y sólo hacen falta un par de paseos para comprobar que sí, siguen en el mercado. Y digo paseos tanto propios como ajenos. Se repasan de arriba a abajo, las repasan de arriba a abajo. Y ellas se miran y miran a las de 19 como pensando que no todo está en su sitio, pero que el sitio donde está no es ni mucho menos peor. Es el sitio de mirar pero no tocar, este jardín ya tiene su jardinero y el baño de autoestima que me estoy ganando en la playa no me lo quita nadie.

Me diréis que no tengo razón, que preferís que siempre estuviera todo en su sitio y que vuestro trabajo os cuesta. La verdad es que no sólo es eso. La verdad es que en nuestros paseos no hay cribas de edad. La verdad es que el atractivo de lo inalcanzable por inaccesible es muy superior a cualquier belleza juvenil. La verdad es que no sabemos de arrugas si no las recordáis vosotras. La verdad es que hoy por hoy, me quedo con las de treinta y tantos.

Nos vemos.

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